Si el amor en los tiempos de Facebook eleva a la millonésima potencia las posibilidades de vivir un e-romance, en la ecuación de la gente de carne y hueso, también aumenta considerablemente el margen de terror. Ligar desde casa, en pijama, en penumbra, tecleando las letras de un instinto tan alfabetizado como prosaico, es para desconfiar del personaje sonriente y limpio que aparece en una web de emparejamientos; un personaje que podría ser cualquiera, cualquiera menos tú o menos yo, diríamos. Si el amor en los tiempos de Facebook es posible sin rostros, sólo con fotografías. Si la gente habla de noche, sin invitarse a una copa en un bar, es porque el amor en los tiempos de Facebook está programado para que funcione, hasta que llega el cara a cara con la realidad.
